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Irreversible

Pathemata Mathemata: guía tu aprendizaje sobre la base de tu dolor.

Autor: Santiago Rivas. Imagen: GDJ
Miércoles, 3 de julio de 2019

No deja de ser una manera más culta de llamar al empirismo escéptico.

El texto de hoy surge del anterior, “Uvas Agrias”, en el que dediqué una parte a criticar con vehemencia a un winegang californiano plagado de gente adinerada (a mansalva) que no distinguen un Raventós de la Fanta de Limón, pero que están todo el día bebiendo vinos carísimos o, precisamente por su incapacidad, falsificaciones de esos mismos vinos.

 

Pasado el momento de estupefacción provocado por la imbecilidad de los citados, me he puesto a reflexionar sobre cómo es posible que gente, ya del universo en general, acostumbrada a la excelencia vínica, tenga tan poco criterio. Una rápida pensada mamífera, plagada de sesgo cognitivo, nos puede llevar a pensar que alguien aficionado a la más alta gama de referencias internacionales debe tener un criterio sólido. Parece, si no lo pensamos mucho, una buena manera de formarse.

 

De hecho, en “Sour Grapes”, este grupo, los “Angry Men”, fanfarronea en demasía de su potencial en las catas a ciegas, aunque luego vemos que no diferencian un vino defectuoso de uno legendario.

 

Voy a hacer, antes de seguir con mi reflexión de hoy, que tampoco es muy compleja ni novedosa, dos salvedades.

 

La primera es que estoy estableciendo una teoría a partir de observar a un grupo muy reducido de gente y, por lo tanto, me estoy marcando un dogma generado según mi experiencia, a veces ni siquiera directa, con winelovers que solo compran referencias prohibitivas. Eso, estadísticamente hablando, no es serio, pero por eso estoy escribiendo esta opinión en Sobremesa y no en Science (y eso que Science tampoco parece que sea ya muy Science). Aquí vengo a tirar, entre otras cosas, de intuición.

 

La segunda es que no hay que juzgar a la gente con muchos recursos económicos de manera severa, ya que tenéis que pensar que muchas profesiones están dedicadas, casi exclusivamente, a considerar a este segmento social como tontos a los que acosar para que compren cosas que no necesitan. Visto el estilo de vida de la gente rica, no se les está dando nada mal.

 

Ya centrándome en el tema, y siguiendo con el spin-off de hoy, para mí la clave del caso Kurniawan es lo fácil que le ha sido entrar en los círculos sociales más elitistas, no ya porque va muy a tope de botellazas, sino porque parece saber mucho.Y parecer es ser. No dudo de que supiera; pero es que aquí eso es secundario: Kurniawan se convirtió para sus víctimas en un elemento institucionalizador de su saber. Él sabía y ellos bebían como el que sabía, y así se generó una codependencia donde unos daban dinero y el otro, conocimiento. Los “Angry Men” ya bebían caro antes de Kurniawan, pero con él es cuando esto se desenfrena. Con el visto bueno del “experto”, el límite es el cielo.

 

Y es que todo lo que rodea al vino es muy singular. Es impensable que alguien dude de la calidad de un coche de alta gama, de un traje de alta costura o del último Iphone, pero sí que hay winelovers que, en su fuero interno, no tienen nada claro si esos aromas que tiene esa botella de 500 euros son algo realmente excepcional, o si esa boca tan rara es lo normal en un unicornio. Para saber eso no queda otra que pasar por la Pathemata Mathemata.

 

Los que me siguen en redes sociales se creen que solo bebo los vinos de las fotos que subo. Ojalá. Eso no es ni un 5%. Solo veis, con alguna excepción, lo que me gusta mucho. Os ahorro todo mi dolor, todo el rato.

 

Empecé a beber vino, sabiendo lo que bebía en cuanto a interesarme por origen y uva, con 16 años (eran otros tiempos). Sufrí enterita la época de los tintos maderamen de nombre en latín de mediados y finales de la década pasada, y abracé la del nuevo orden mundial de frescura y atlanticismo (en plena era del calentamiento global) que están siendo los últimos años, y que no tienen pinta de cambiar.

 

Tengo 39 años y llevo más tiempo bebiendo vino que no bebiendo vino.

 

Y poca gente, al menos que yo conozca, ha bebido peores vinos que yo durante tanto tiempo; una pena, pero eso me ha servido para ver qué de especial tiene un vino, más allá de la etiqueta y el precio.

 

Aprender a base de tus propios fallos es la mejor manera cuando la consecuencia de esos fallos no es ningún drama o, al menos, nada que no pueda resolver el ibuprofeno.

 

Peor es que, por tomar atajos, te ronde un Kurniawan o, incluso, acabes comprando por lo que dice una guía de puntitos.

 

Sin estresores no hay evolución.

 

 

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