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Hasta la cocina

CJC

Autor: José Manuel Vilabella. Imágenes: Archivo
Domingo, 25 de agosto de 2019

Cómo pasa el tiempo, qué barbaridad. Llevamos ya 16 años sin mi amigo don Camilo José Cela y el mundo sigue funcionando sin él como si el gran escritor gallego y personaje irrepetible nunca hubiese existido.

En España somos propensos al olvido, sobre todo al olvido de los grandes hombres. Me escribí con él durante 20 años y pude disfrutar de su compañía en media docena de ocasiones. Sus cartas manuscritas las conservo con fervor. Don Camilo llegó tarde a la gastronomía y quiso, en un tiempo récord, recuperar el tiempo perdido. Lo suyo era disfrutar de los placeres de la mesa, pero no escribir del tema gastronómico. En uno de los capítulos de Viaje a la Alcarria entra en la taberna de un pueblo y lo describe todo meticulosamente, con detalles de manierista. Nos habla de las moscas, el ambiente del local, el paisanaje. Todo lo cuenta salvo el menú. No nos dice nada de la comida. Ni la nombra. CJC era un gran comilón, un gourmand. Gordo, orondo, obeso, lo pasó muy mal cuando su mujer lo puso a régimen y creo que, por aquel entonces, empezó a publicar en ABC artículos de gastronomía. Ya que le prohibían la praxis se conformaba con la tesis. Naturalmente entró en este mundillo con aires de grandeza y pontificando. Comí con él en Padrón y siempre lo hacía con buen apetito. En una ocasión me citó en su casa de Guadalajara a tomar café y acudí para hablar de su amigo e ilustrador Lorenzo Goñi. La casa era enorme, pero muy mal situada. Cerca había una granja de pollos que cuando soplaba el viento norte traía aromas poco agradables y cuando soplaba el sur un criadero de cerdos que no estaba muy lejos esparcía por las estancias del Nobel olores indeseados. Marina le decía: “Camilo, esto no hay quien lo aguante”. Vendieron la casa, huyeron, y se establecieron en Madrid con otro vecindario más aseado y bienoliente.

 

Camilo José Cela tuvo dos secretarios asturianos y su vinculación con el Principado se vino abajo con estrépito por un malentendido. En una colaboración que hizo para Cuadernos del Norte, que dirigía Juan Cueto, cuenta la anécdota, sin citar el nombre de la dama que había pronunciado la frase: “Si la Virgen de Covadonga es pequeñita y galana pues que se joda”. En 1982 el lío que se armó fue de antología. Le llamaron de todo y le declararon persona non grata en varios municipios asturianos. Se estrenaron con él nuevos improperios y circulaban en fotocopias coplillas insultantes del pueblo llano. “Un consejo señor Cela/ sin ánimo de ser chulo/ deje en paz a nuestra Asturias/ váyase a tomar por culo”. La enfurecida ciudadanía presentó una lista con miles de firmas ante las autoridades competentes para que se tomaran medidas contra el escritor. La frase en cuestión había salido de la boca de la primera esposa del lingüista y académico Emilio Alarcos Llorach, una señora inglesa algo extravagante y pintoresca. Cela estaba muy disgustado y no sabía cómo aclarar el asunto sin poner en evidencia a su colega. Años más tarde, calmados los ánimos y las furias, le concedieron el Premio Príncipe de Asturias y el escritor retornó a una tierra que amaba.

 

Visité varias veces su Fundación y pude hojear el original de los manuscritos de sus libros más importantes y acariciar la medalla de oro del Nobel y tuve el honor de escribir en su revista El Extramundi y los papeles de Iria Flavia. Decía de sí mismo: “En la timba de la vida me tocaron muy buenas cartas: la verdad es que casi no tuve ni que jugarlas”.

 

 

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