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A fondo: Bodegas Masaveu

José Masaveu, el alma del negocio en Masaveu Bodegas

Autor: Luis Vida. Imágenes: Arcadio Shelk
Lunes, 9 de septiembre de 2019

Los Masaveu son propietarios de un repertorio de bodegas medianas con buena imagen en algunas de las principales zonas vinícolas españolas, con el trabajo a partir de viñedos propios en ecológico –o en conversión– como nexo común.

Son casas con una personalidad bien definida: Fillaboa, en el Condado de Tea (Rías Baixas), fue una de las bodegas más destacadas en el renacimiento de los albariños, mientras que Leda Viñas Viejas, en Tudela de Duero (Castilla y León), fue inicialmente un proyecto de la Familia García (la de Mauro y Aalto), con los Masaveu como socios. Junto a Pagos de Aráiz en Olite (Navarra), Murúa, en Elciego (Rioja Alavesa), y la sidra de hielo Valverán, en Sariego (Asturias), forman hoy un catálogo muy personal, con José Masaveu como director general de los vinos del Grupo. Licenciado en Derecho por la Universidad de Navarra y luego formado en diversas escuelas de negocios, “ésas que todos conocemos”, se reinventó como vinatero y sidrero autodidacta por pura pasión. “Me he dejado la vida en ello porque esto es como la hostelería: hay que estar ahí. Si quieres jugar en primera división, hay que ir al detalle y tienes que tener un nivel de exigencia que no es fácil mantener”.

 

¿Dónde tienen sus raíces los Masaveu?

 

Venimos de Castellar del Vallés (Barcelona), un pueblecito de Cataluña. Una persona de nuestra familia vino a Asturias en el siglo XIX para trabajar en un negocio textil, pero se acabó casando con la hija del propietario y la tienda pequeña fue creciendo y convirtiéndose en algo tipo El Corte Inglés que fue conocido en todo el país. Con la Revolución Industrial, la familia desarrolló una serie de negocios, entró en la banca en 1840 y en 1898 construyó la primera fábrica de cementos de España. Nosotros hoy somos asturianos con raíces catalanas. Yo mismo me considero muy asturiano y quiero jubilarme y morir en Asturias. Según vas cumpliendo años, cada vez te llama más tu tierra.

 

¿Cómo nace el grupo de bodegas actual?

 

La primera bodega que adquirimos fue Murua, en 1974. La compró un tío mío, Pedro Masaveu Peterson, que era entonces presidente del Grupo y muy aficionado a los vinos. Quería un sitio para disfrutar con los amigos. Era una bodega de cosechero pequeña, sin mucha historia y, cuando fallece en 1990, la presidencia pasa a mi padre, que decide reformarla para empezar a vender vino al consumidor; yo entro en 1998 para empezar a gestionarla un par de años más tarde. Los vinos estaban bien elaborados y tenían un corte clásico con un potencial tremendo de mejora, así que una de las primeras decisiones que tomé fue sacar una línea nueva –“VS” y “M” de Murua– que salió en 2001 en paralelo con los reserva y gran reserva clásicos como el Seguín. Ha habido muchos cambios desde entonces y ahora hay un nuevo enólogo francés, Mathieu Barrault, licenciado en Burdeos y que, sobre todo, es un hombre sencillo de campo y viña, un fuera de serie como profesional y como persona. Hoy en día, para hacer grandes vinos, hay que tener una sensibilidad especial y Mathieu viene de Paixar, en el Bierzo, con una formación muy “Mariano García” y sensibilidad ecológica. Ahora Murua es una de las bodegas riojanas con más viñedo propio en relación con su producción: son 110 hectáreas de viña en transformación a lo ecológico para 200 000 botellas al año. Y tenemos la última tecnología en depósitos de cemento y una máquina de selección de uva por láser. Hemos invertido fuerte y es una bodega preparada para dar una sorpresa en cualquier cata.

 

Luego, llegó Leda Viñas Viejas, un proyecto de Mariano García y sus hijos del que ahora sois propietarios y que se sale un poco de la filosofía del Grupo…

 

Leda sigue la filosofía multiterroir de buscar cepas de 80 o 90 años en parcelas de las que no somos propietarios y que están en lugares distintos del valle del Duero, la mayoría en la zona de Toro. Desde hace más de 20 años tenemos una serie de viticultores fieles a la casa, aunque siempre se puede incorporar alguno más, y una bodega pequeñita en el casco viejo de Tudela de Duero. Con el enólogo Miguel Rivero y el director técnico Juan Glaría colaboran, seleccionando los vinos y las barricas, Mathieu e Isabel Salgado de Fillaboa. Cuatro grandes enólogos trabajando en un equipo fantástico son la garantía de vinos extraordinarios de los que sacamos solo unas 80 000 botellas entre el Viñas Viejas y el Mas de Leda.

 

¿Fue Fillaboa la “joya de la corona” con la que inaugurar el siglo XIX?

 

La compramos en el año 2000 cuando era ya una bodega con una larga historia que ya en 1898 elaboraba y exportaba vinos a América. Ahora elaboramos unas 200 000 botellas a partir de 54 hectáreas de viña que nos asesora Julián Palacios, propietario de Viticultura Viva y uno de los profesionales más reconocidos. Isabel Salgado es la enóloga, una grandísima profesional, una persona muy detallista y perfeccionista y, además, una gran catadora. Poco después llegó la adquisición de Pagos de Aráiz, un proyecto que me dieron ya hecho, con la bodega construida y 240 hectáreas de viñas de todos los tipos: tempranillo, merlot, garnacha, cabernet… El problema de Navarra es que los vinos se han vendido baratos y, muchas veces, el posicionamiento del producto lo da su precio.

 

¿Es el mismo problema que vive Asturias con la sidra? ¿Cómo entraron en este mundo?

 

Valverán era una explotación ganadera un tanto abandonada. En 1998 yo estaba encargado de gestionar las fincas y, tras estudiar varios cultivos, decidí plantar manzanos, un árbol autóctono que se da fenomenal en Asturias y requiere poca intervención. Estudié sus suelos arcillosos y todo sobre las variedades del manzano y empecé a plantar los de sidra con los jardineros de mi padre, adelantándome a los tiempos, porque Asturias tiene escasez de manzana local. La inversión en el llagar fue pequeña porque nos centramos en el campo. Tuve que hacer de todo con un mono de trabajo y un todoterreno. Puse un anuncio en el periódico buscando peones para formar equipo y empezamos haciendo sidras filtradas de “nueva expresión”, que abandonamos porque no llegué a creer del todo en ellas. La sidra natural es un negocio muy complicado que requiere hacer millones de litros y una distribución por capilaridad que puede llevar muchos años crear. La mayoría de los pequeños llagares no llegan a fin de mes, pero creo que es la esencia de Asturias y siempre pido que hagan un depósito para tomar con las visitas, aunque no se comercialice, nunca lo he visto como un área para nosotros. Luego hicimos sidra espumosa con doble fermentación en botella, que se puede servir en el restaurante porque no necesita escanciado. Era un producto fantástico, si bien no podíamos estabilizarlo, así que decidí arriesgar. En una etapa me centré en Oporto y los vinos encabezados, concentré el mosto de manzana y me traje barricas de Fillaboa que habían contenido aguardiente para fermentarlo y hacer una sidra “generosa” de unos 15ºC. En 2007 empezamos a hacer una sidra “de escarcha” que luego evolucionó a nuestra pionera sidra de hielo. Se elabora por congelación, sin barrica, y hoy somos los únicos que no hacemos ya otros tipos. Hemos conseguido que el Consejo Regulador reconozca este tercer estilo tras la sidra natural y la espumosa y estamos orgullosos porque, tras analizar mucho el mercado, somos los que hemos puesto el precio, que ha servido como referencia para el sector y ha dado valor añadido. La sidra no puede ser más barata que el agua.

 

¿Son tan distintos el mundo del vino y el de la sidra? ¿O tienen una filosofía común?

 

Es que no tienen nada que ver. Se elaboran de forma totalmente distinta y la sidra no admite de buen grado los sulfitos. Nosotros, como familia, no vivimos solo de lo uno o lo otro, sino que tenemos otros negocios, lo que nos permite más de flexibilidad y tomar decisiones como no sacar una añada al mercado, como la 2002 de Murúa. Nos podemos permitir ciertos lujos y centrarnos en la calidad, que nos importa más que el negocio. Nuestras bodegas son especiales porque buscamos la excelencia, aunque nosotros estamos en esto porque nos apasiona, pero también porque queremos ganar dinero, que el negocio funcione y tenga prestigio, aunque no es nuestra filosofía hacernos ricos. Y a veces la perfección es tener defectos. José Penín me dice que ahora, cuando el vino tiene algún pequeño “defecto”, pero éste lo equilibra y no lo distorsiona, lo valora en cata como positivo porque, como ocurre en las personas, aporta personalidad.

 

 

 

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