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Palacio de Fefiñanes, la marca del albariño con historia

Autor: Amaya Cervera. Imágenes: Álvaro Fernández Prieto
Martes, 1 de octubre de 2019
Noticia clasificada en: Vino albariño Vinos D.O. Rías Baixas

Fefiñanes puede presumir tanto de trayectoria como de elaborarse en el marco mágico del palacio que le da nombre. Entre sus solemnes paredes, Juan Gil de Araujo vela para conservar el estilo de un albariño serio y clásico.

No hay visitante que llegue a Cambados (Pontevedra) que no se pasee por la plaza del Palacio de Fefiñanes y admire la solemnidad de sus muros de piedra. El edificio de estilo renacentista fue construido a finales del siglo XVI por Juan Sarmiento de Valladares, consejero de Felipe II, y concluido en 1621 por Gonzalo Sarmiento de Valladares, primer vizconde de Fefiñanes. Tiene forma de “L” y está conectado con el bosque y la huerta por un puente de piedra que se alza sobre la actual Avenida de Rosalía de Castro y que en el pasado permitía a los señores moverse por sus dominios sin pisar la vía pública. “El primer vizconde de Fefiñanes viajó a Perú y fue gobernador de La Paz; al segundo le fue concedido un tercio en Flandes, el de Valladares y fue gobernador de Ostende”, recuerda Juan Gil de Araujo mientras visitamos algunas dependencias del palacio. El máximo responsable de la bodega y presidente de la D.O. Rías Baixas desde 2012 es un hombre discreto que solo usa su título de marqués de Figueroa (los vizcondes de Fefiñanes se desligaron del palacio en el siglo XIX) en privado. Estudió agrónomos en Madrid y trabajó en seguros, gestión de fincas agrarias y comercialización de maquinaria agrícola antes de ponerse al frente del negocio vinícola familiar cuya propiedad comparte con sus seis hermanos.

 

Corría el año 1994. Los blancos de albariño empezaban a pegar fuerte y no se podía perder comba con los tiempos. Su trabajo prioritario en aquellos primeros años fue reposicionar la marca para situarla entre los nombres importantes de la D.O. Reestructuró la bodega y se apoyó en la enóloga Cristina Mantilla que se ha mantenido desde entonces al frente de la dirección técnica.

 

Hoy Juan defiende “un estilo clásico que refleja las características históricas del albariño de Cambados; un vino serio y sin concesiones a los nuevos y viejos gustos”. Cambados, no hay que olvidarlo, es el municipio de referencia del valle del Salnés, la subzona de Rías Baixas donde más que en ningún otro lugar de la D.O. reina la variedad albariño. “Buscamos lo que da la uva con la menor intervención humana posible: no reducimos la acidez y hacemos fermentaciones completas para evitar el azúcar residual. Los vinos deben aportar frescura, mineralidad y elegancia”, añade.

 

Viejas botellas

 

La marca Albariño de Fefiñanes la registró su abuelo, Miguel Gil Casares, en 1928, aunque ya se elaboraba vino antes de esa fecha. Pese a las sucesivas actualizaciones, la emblemática etiqueta mantiene ese carácter intemporal de los buenos diseños clásicos. Fue creada también en 1928 y es obra del joyero y azabachero de Santiago de Compostela Enrique Mayer. A Juan Gil de Araujo le gusta contar que ya al año siguiente el vino fue premiado en la Feria Internacional de Barcelona y en 1930 se sirvió en la inauguración del hotel Compostela junto a un Marqués de Riscal. Ahora que tantos albariños han abandonado la estilizada botella rin (de cuando en cuando, los hosteleros presionan sugiriendo que el formato burdeos es más cómodo y manejable, pero Gil de Araujo hace oídos sordos), la estética de Fefiñanes destaca más si cabe por su singularidad y esos innegables ecos centroeuropeos. Tiene su explicación porque el abuelo Miguel Gil Casares, un médico particularmente destacado en su época que vivió y realizó parte de su formación en Alemania (incluso tradujo obras médicas del alemán), se inspiró en los rieslings germánicos. Luego, en los años 50, su hijo Juan Gil y Armada utilizaría el eslogan “el mosela gallego” en la publicidad de los vinos. Estas apropiaciones de términos que serían hoy impensables ayudaban a identificar el estilo de los vinos y eran muy habituales en la época. En los años 30, el Albariño Fefiñanes figuraba en los menús del hotel Compostela de Santiago junto a los Federico Paternina “Cepa Chablis”, Imperiales de rioja y jereces de terruño como el Macharnudo de González Byass.

 

Las etiquetas antiguas rezaban “Embotellado por el Marqués de Figueroa en el Palacio de Fefiñanes” e indicaban el “Precio en origen” que fue evolucionando sucesivamente de 5 a 10 y 15 pesetas. Las graduaciones habituales por esas fechas eran de 10,5% vol. Un cuadro colgado en las oficinas recoge los bocetos de etiquetas coloreadas a mano de un rosado (Viña Rosada) y varias pruebas para espumosos que rezan alternativamente Caba y Cava Albariña. Nunca fueron secundadas por experiencias de vinificación en bodega y se quedaron en meros proyectos estéticos, pero es curioso que ya le dieran vueltas a lo de hacer espumosos con albariño.

 

Los viñedos del palacio

 

En la actualidad el palacio es propiedad de tres ramas de primos e incluye el edificio propiamente dicho con su jardín y las huertas y el bosque. En los dos recintos existen sendos viñedos que se destinan al albariño de crianza en depósito III Año. Deben ser de los pocos existentes en España dentro de un recinto amurallado (otro bello ejemplo es el Castillo de Cuzcurrita en Rioja) y tienen el atractivo de contar aún con numerosas cepas centenarias muy fáciles de identificar porque el grosor de sus brazos cuadriplica el de plantas más jóvenes. El documento gráfico más antiguo de las viñas del palacio es una fotografía tomada en 1917, pero en las referencias de transmisión de títulos en la familia a menudo se hace referencia a “los extensos viñedos” del Palacio de Fefiñanes. “Había muchas propiedades en torno al palacio, la mayoría arrendadas a foreros, y también en las parroquias de San Adrián de Vilariño y San Miguel de Deiro. Muchos de nuestros proveedores actuales de uva son antiguos foreros”, explica Juan Gil de Araujo.

 

Fefiñanes trabaja hoy con 60 viticultores locales que controlan, entre todos, 20 hectáreas de viñedo. “En Cambados quizás hay más minifundio incluso”, explica Juan Gil de Araujo. Estas uvas son la base para elaborar las 200.000 botellas que produce anualmente la bodega.

 

Acero y madera no son incompatibles

 

La bodega fue de las primeras de Rías Baixas en trabajar la albariño en madera con el blanco 1583, marca que hace referencia a la fecha de nacimiento del primer vizconde de Fefiñanes. Los viejos bocoyes de antaño (los más grandes alcanzaban los 8.000 litros de capacidad) dejaban bien claro en qué recipientes se elaboraban los vinos. De todos los que llegó a haber en su momento, se ha conservado uno que permite contar la historia de cómo se hacían los vinos.

 

Algún tiempo después, en la cosecha 2001, se aventuraron con el Fefiñanes III Año, un albariño de crianza en depósito. Existía ya un precedente de vino de crianza más larga en el palacio, el Fefiñanes Gran Reserva, que era en realidad un albariño de segundo año, pero la mención de envejecimiento tuvo que retirarse de la etiqueta con la llegada de la ley ministerial de finales de los 70 que regulaba los indicativos de calidad, edad y crianza. En pleno siglo XXI, la primera añada del III Año fue descalificada en primera instancia por el comité de cata del Consejo Regulador; el de los albariños envejecidos era aún un perfil minoritario que no se entendía tan fácilmente en un mar de vinos jóvenes.

 

El nuevo top de la casa desde la cosecha 2013 es Armás de Lanzós, que no es sino una evolución diferente (combinando crianza en depósito y en barrica) del mismo vino que se destina al III Año y del que se separan unos 1.000 litros para realizar una segunda crianza en barricas usadas de 500 litros. Se comercializa únicamente en mágnum y salen unas 800 botellas que se venden en el entorno de los 90 €. “Lanzós es un antiguo señorío jurisdiccional situado en una zona inhóspita entre Lugo y A Coruña. Como apellido se ha perdido, pero su escudo de tintes guerreros formado por distintas lanzas (lanzós en gallego) se encuentra en una casa de la familia en Betanzos”, explica Gil de Araujo.

 

Aunque la etiqueta heráldica y el formato mágnum parecen anunciar un vino excesivo, en la copa hay una buena armonía entre intensidad y textura dentro, eso sí, de un estilo mucho más opulento de lo que estamos acostumbrados para la variedad. También se desmarca de la línea habitual de la casa, aunque su viva acidez aporta recorrido y longitud. Haciendo honor a sus raíces vascas por parte de madre, Juan Gil de Araujo dice que “es el vino perfecto para acompañar un buen marmitako”.

 

Evolución en botella

 

Fefiñanes es, sin duda, uno de los mejores lugares de Rías Baixas para apreciar la evolución de la variedad albariño. Juan Gil de Araujo considera una gran victoria que se haya roto la tendencia del vino del año: “Antes, cuando salíamos a vender vino de la añada anterior, nos decían que ya no compraban, pero hoy en los restaurantes de la zona pueden servir tanto la última cosecha 2018 como la 2017 y en un par de ocasiones hasta nos han pedido una colección de añadas para incluir una vertical en sus cartas de vinos”, explica satisfecho.  “El III Año se vende sobre todo en España, pero también está en restaurantes de alto nivel de Suecia, Londres y Nueva York. Aun así, tenemos que seguir luchando contra el pensamiento muy implantado de que un vino blanco español no puede costar más de 50 € en un restaurante”, se lamenta.

 

Aunque reconoce que su stock es muy limitado, disfruta abriendo botellas de forma improvisada, casi anárquica. Le gusta empezar por las añadas en curso de los distintos blancos de la gama y luego busca vinos con distintos estadios de evolución en añadas fuera de mercado. Quizás, las lecciones más importantes que aprendimos en nuestra visita son que no es conveniente juzgar nada hasta haberlo probado y la manera en que estos vinos se transforman con unos minutos de evolución en copa. Fue especialmente interesante comparar la cosecha 2018 actualmente en el mercado para el Albariño de Fefiñanes del año y el 1583 con sus versiones de 2016 que ganaron por goleada. En el primer caso por cómo se integraba la acidez y el vino desarrollaba mayor relieve y amplitud; en el segundo, por una mejor fusión de la barrica y la complejidad de la evolución en botella hacia notas de hidrocarburo.

 

Si muchos restauradores y consumidores pudieran experimentar estas mismas sensaciones, seguro que se animarían a esperar para ofrecer y disfrutar de estos vinos en su momento óptimo.

 

 


 

 

En el interior del palacio

 

Aunque no están abiertas al público y solo se utilizan de manera excepcional, las estancias del interior del palacio conservan el sabor de otro tiempo y albergan sorpresas como la sala decorada con pinturas de inspiración exótica y oriental que se dañaron durante una tormenta y fueron restauradas en el Museo del Prado, una columna del barroco gallego profusamente decorada con motivos vitícolas, o una ilustración de las fiestas de Cambados con las fuerzas vivas del municipio entre las que aparece la figura inconfundible del dramaturgo gallego Ramón María del Valle Inclán.

 

 

Retos y oportunidades de Rías Baixas

 

Desde su visión privilegiada como presidente del Consejo Regulador de la D.O. Rías Baixas, Juan Gil de Araujo señala que “el gran reto actual de la zona es que los albariños baratos se reposicionen en el mercado. El crecimiento de la producción se ha ralentizado y el objetivo ahora es que no exista nada en esas gamas tan bajas”. En cuanto a las oportunidades, apunta hacia los beneficios del cambio climático: “Más días de buen tiempo al final del verano son sinónimo de vendimias más tranquilas que permiten seleccionar más y mejor”.

 

 

 

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