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Irreversible

Saber perder

Autor: Santiago Rivas
Miércoles, 23 de octubre de 2019

No creo que haya ningún sobremeser o instacater que no sepa en qué puesto quedamos en el pasado Mundial de la Cata por Naciones que organiza la Revue de Vin du France, pero, por si acaso, os informo que fue en el vigésimo lugar. Bajonazo. Sí. Es lo que hay.

Pero bueno, hoy vengo a explicar un poco la dinámica del evento para que os hagáis una idea del concepto. Para que sepáis lo que nos encontramos en el Loira, la sede de todo este sarao que, de hecho, tiene más de sarao que de concurso y, como concurso, tiene mucho de Eurovisión.

 

Oficialmente todo empieza con una cena, el día anterior al torneo, en la que se dan cita todos los equipos de los países concursantes (que hayan comprado su menú) llevando vinos representativos de su nación. El caos que se genera es descomunal: unos sentados vestidos normal, otros de pie que parece que les ha vomitado su bandera encima, otros pasando por mesas ofreciendo botellas de su región (madre mía la gente de Taiwán el veneno que nos ofreció), otros poniendo la copa para que les eches algo sin mediar mayor conversación… Y los camareros sin dar abasto con los platos, la apertura de las botellas de los asistentes y el suministro de hielo para enfriarlos.

 

No es que la organización fuera mala; es que era inexistente. Aun así pude catar unos vinos naturales estadounidenses y una cabernet franc kazaja más que decente. Soy muy fan de Kazajistán.

 

Lo bueno es que, en un ambiente así, tampoco apetece quedarte mucho rato, por lo que te vas a acostar pronto, ya que al día siguiente es el certamen y te convocan a las 8:30 am.

 

A esa hora, el Spanish Wine Team y todos los demás Wine Teams nos plantamos en un impresionante Château Chambord cubierto de niebla para tomar posiciones en nuestras mesas de cata y empezar… pero no.

 

Si hay algo que sobrevuela este evento es la liturgia hortera y eterna. Antes de empezar, la organización te echa una charla de unos diez minutos (de acuerdo, eso es normal) para dar paso después a cada país para que se presente: veintisiete países participantes, veintisiete turnos de palabra, una hora asomado a la idiocia internacional, sobre todo la de China y la mega bandera que se trajeron (por si alguien olvidaba que eran el equipo chino) con la que no dejaban de incordiar.

 

Luego ya empieza la cata-concurso, pero la escasez de medios y verbeneo no paran; y es que esto consiste en catar doce vinos de todo el mundo pero solo te ponen tres copas por persona, es decir: toca catar, limpiar recipiente y volver a catar. A mí esto no me parece de recibo en algo que se llama Mundial de Cata. No es nada winelover. Además aquí está permitido ir al baño. Por un lado es entendible, porque no hay un catálogo al uso para consultar que limite la aparición de las referencias del desafío, y por otro porque, al ser doce vinos, esta prueba sobrepasa las dos horas de duración. Lo que me alucinó es la que se montaba en los aseos, con todo el mundo consultando uvas y referencias en el móvil, miembros de diferentes equipos preguntándose qué estaban poniendo… lo de menos era miccionar.

 

Una vez cumplido el tiempo, entregas tu hoja con tus apuestas y te dan una caja para que metas tus copas (porque resulta que en el pago de tu inscripción se incluyen las copas, es decir, AHORA son tuyas) y te hacen pasar a una parte del castillo en la que te dan champagne en un entorno idílico (esto muy bien, ¡eh!).

 

Seguidamente, en algo menos de una hora ya están los resultados. El momento más tenso en estos eventos es la parte en la que se presentan los vinos que integraban la cata: ahí nos dimos cuenta que no habíamos rascado mucho. ¡Ah! la vida.

 

Pero la tortura empieza cuando uno a uno van diciendo, en orden descendente, cómo ha quedado cada equipo y le hacen soltar unas palabras. No es que ya sea anti-clímax, hortera o se haga pesado: es que tiene un punto humillante.

 

Ver las carillas de los italianos (los últimos) ahí compareciendo, o a los de USA, que iban super de guays (sobre todo su parte testosterónica, que era tejana) pero quedaron antepenúltimos, fue doloroso. Tampoco nosotros teníamos ninguna gana de aparecer, y es que yo creo que con convocar a los diez primeros, o directamente el podium, hubiera más que bastado; pero a la organización, desde luego, todo lo que tenga que ver con el ritmo del concurso le es indiferente.

 

Gana Francia, seguida de China (¡qué mal me cayeron!) y de nuestra admirada Taiwán (con sus vinillos más malos que el tabaco, pero majísimos). Y a hacerse una foto de grupo (que es otro parto), buffet libre para los participantes con vinos horrendos y despedida hasta la noche en la cena de gala. Llamar a lo que asistimos cena de gala puede ser el ejercicio de naming mas truhán del año, y eso que el personal no comió mal del todo… pero es que de copas nos pusieron tres catavinos ¡?¡?¡?.

 

Yo no daba crédito. De hecho, el crédito lo tenía agotado a esas alturas de la noche. Por ello cuando se nos presentó la traca final, que consistía en que cada nación concursante se marcara una canción, salimos huyendo como si aún no hubiéramos pagado la cena, como si acabáramos de robar algo.

 

Describo literalmente: salimos corriendo.

 

Y así fue la movida, gente.

 

A pesar de todo, sobremesers, mi equipo y yo somos winelovers de competición, y algo masoquistas, por lo que estamos deseando ganar el campeonato de España de nuevo para poder volver a participar en el mundial, hacerlo mejor y pagar menos la novatada.

 

Eso es lo bueno de nuestra participación. Nos hemos dejado mucho margen de mejora.

 

 

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