Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Enviar por email
Agrícola Labastida en vertical

Tierra de blancos, vinos de Tierra

Autor: Raquel Pardo
Jueves, 12 de junio de 2014

La bodega de Labastida celebra los diez años de su vino blanco de bandera con una cata vertical para mostrar su potencial de envejecimiento.

Los hermanos Fernández Gómez llevan más de diez años ya creyendo en su vino blanco de cabecera, Tierra, un nombre tan importante para ellos que se ha ido convirtiendo, poco a poco, en el seudónimo “oficial” de su bodega y que llevan como enseña la mayor parte de sus vinos. Agrícola Labastida, su nombre real, es un sueño que llevan perfilando desde que decidieron dejar sus trabajos y dedicarse a lo que se habían dedicado sus antecesores: el vino. Tierra Blanco es uno más de la familia, pero para el co fundador de la bodega, Carlos Fernández, es un ejemplo de que en Rioja Alavesa también se pueden hacer blancos de guarda (a menos de diez kilómetros de Tierra, en Rioja Alta, Viña Tondonia comparte desde hace años ese objetivo). Y no es que Tierra Blanco pretendiera al principio ser un vino para guardar, pero Carlos y Rodrigo Fernández no suelen conformarse con la inmovilidad; su carácter inquieto les pedía avanzar, y en 2005 el vino dio un giro para empezar a fermentarse en barrica y los hermanos decidieron ir perfeccionando el trabajo con las lías. Ese año, un punto de inflexión en la trayectoria de Tierra Blanco, aumentaron el número de barricas de roble francés y americano para obtener diferentes resultados en el vino final, y desde hace cuatro años “juegan” con la madera de acacia, que se usa para este vino el primer año y después se destina a la crianza de tintos.

 

Tierra de viura
Pero dejando aparte la madera, Tierra blanco se llama así sobre todo por las fincas de las que procede, las mismas desde que se comenzó a elaborar en el año 97 y casi siempre repitiendo proporciones de uva en la mezcla final: la viura es de parcelas del sur de la población y de viñas de 40 años o más, una condición indispensable, en palabras de Carlos Fernández, para que esta variedad tradicional exprese su potencial de crecimiento: “es una uva muy nuestra, pero se ha prostituido mucho. Yo estoy convencido de que con viña vieja, de al menos 25 años, se pueden hacer vinos realmente interesantes”. La malvasía procede de Cuba Negra, la parcela de donde también se obtienen las uvas tintas de tempranillo para su vino top, el Belisario, situada en una zona a medio camino entre el clima mediterráneo y el atlántico, y la garnacha blanca crece en parcelas de la zona meridional de la localidad, con un clima que Fernández identifica como mediterráneo.

 

La combinación y el trabajo de investigación de los hermanos han ido perfilando un vino del que hoy sí se puede decir sin miedo que es de guarda (hasta donde la paciencia aguante), y por el módico precio de unos siete euros en tienda. Fernández quiso demostrárselo a profesionales de la hostelería madrileños la pasada semana con una cata de nueve añadas de la última década, de 2004 a 2013, donde se ven algunos cambios y la identidad de este vino que da sorpresas si, por casualidad o adrede, se queda un tiempo reposando en la bodega. 

Compartir en:
Sobremesa: revista de gastronomía y vinos
Revista Sobremesa • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2019 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress