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Blanco sobre verde

Groenlandia, en tierra de fiordos y vikingos

Autor: Alberto Granados
Martes, 11 de marzo de 2014

Un recorrido por la costa oeste de esta isla lleva a través de las gélidas aguas del Ártico hasta parajes de belleza extraordinaria, entre glaciares, montañas y pueblos donde la gastronomía es una cuestión de estricta supervivencia.

Desde la ventanilla del avión observo maravillado el impresionante fiordo de Kangerlussuaq. El capitán avisa por megafonía que en breve aterrizaremos en Groenlandia, nuestro destino, aunque de momento y por lo que se puede distinguir, el paisaje nada tiene que ver con lo que habitualmente asociamos con esta impresionante isla, a la que solamente supera en tamaño todo un continente: Australia.

 

Repaso mis notas y apuntes; pensaba encontrarme con fiordos cubiertos de blanca nieve, osos polares y kilómetros de superficie helada, pero en junio, aquí, en esta parte de Groenlandia, el paisaje cambia de forma radical descubriendo a nuestros ojos unas vistas bañadas de tonalidades marrones y ocres. Por ningún rincón encuentro ese verde con el que Eric el Rojo, uno de sus primeros descubridores, bautizó a esta extensión de tierra: “Greenland”; aunque la leyenda habla de que en realidad se trató de una de las primeras campañas de marketing de la historia. El vikingo y explorador noruego quería atraer a algunos colonos islandeses a la isla y no se le ocurrió mejor idea que hablarles de paisajes frondosos y mucha abundancia. 

 

Nuestro viaje nos va a llevar por la costa oeste groenlandesa, desde Kangerlussuaq hasta Ukkusissat, el punto más alejado al que llegaremos. Un trayecto de unos 400 kilómetros que realizaremos a bordo del MS Fram, un impresionante buque de doble casco que durante los meses de junio y julio recorre la costa navegando sobre aguas gélidas, sorteando en alguna parte del trayecto monumentales icebergs que viajan a la deriva; los mismos que en su día intentó esquivar sin éxito el capitán Edward John Smith a los mandos del Titanic. Una tragedia que sucedió a unas pocas millas de donde nos encontramos. Para nuestra tranquilidad, este buque está preparado para navegar por las aguas árticas y los modernos sistemas de radares y posicionamiento con que cuenta hacen que sea prácticamente imposible que la catástrofe se repita. Aunque es cierto que tampoco tranquilizan los ejercicios de simulacro de evacuación que se realizan en el barco nada más llegar: sofisticados trajes térmicos, lanchas neumáticas e incluso salvavidas con señalización GPS nos aguardan en el caso de que ocurra cualquier accidente.

 

Para llegar desde el aeropuerto hasta el moderno Fram nos trasladan en autobús. Unos quince minutos nos separan del buque, que, divisado desde la lejanía, se muestra majestuoso. El barco es tan impresionante que en algunos puertos, como el de Kangerlussuaq, no puede atracar, y hay que acceder en lanchas neumáticas que van transportando por tandas al pasaje, compuesto principalmente por turistas que pasan de los cincuenta, con un buen nivel adquisitivo, sobre todo amantes de la naturaleza y la aventura.

 

Al buque que nos servirá de “cuartel general” durante todo el viaje no le falta detalle y todo está dispuesto para que la estancia sea equiparable a la de un hotel de cuatro o cinco estrellas: confortables camarotes con baño e incluso ducha, televisión o minibar; un restaurante donde se cuida la gastronomía con una amplia variedad de vinos, sala de lectura con Wi-Fi, bares, tienda, gimnasio y para los más sibaritas jacuzzi en la cubierta. Es una experiencia inolvidable estar sumergido en la burbujeante agua caliente observando a lo lejos el espectacular paisaje.

 

El MS Fram parte recorriendo el majestuoso fiordo de unos 80 kilómetros de longitud flanqueado por las impresionantes moles de piedra, sin nieve en esta época del año, que nos acompañarán hasta llegar a mar abierto. Si recorremos la costa Oeste en dirección Norte el primer pueblo al que llegaremos será Itilleq, cuyo nombre significa “hueco” en lengua inuit. Un pequeño pueblo de 130 habitantes que viven de la pesca y la caza como antaño. Son de los más hospitalarios del recorrido y permiten a los visitantes entrar en sus confortables casas de madera para compartir un café o un té con pastas. Yo intento intercambiar algunas palabras y gestos con la amable anciana que me ha recibido en su casa; pesar de no entender nuestros idiomas conseguimos reírnos y conocer algo de su vida cotidiana.

 

Del asentamiento, situado a poco más de 200 metros del Círculo Polar, destaca su espectacular entorno de montañas y glaciares, el cual abandonamos para dirigirnos hacia Sisimiut, una de las ciudades más importantes de la costa Oeste aunque apenas tenga 5.500 habitantes. El buque surca las aguas sereno. En cubierta se disfruta de una leve brisa. El sol sigue iluminando a pesar de que nuestro reloj nos anuncia que ya habría tenido que abandonarnos, pero durante estos meses no descansa y nos acompañará las 24 horas. Es curioso levantar de madrugada la persiana de la ventana del camarote y comprobar que todavía luce el sol y que por muy tarde que sea no llega la oscuridad.

 

Al día siguiente la megafonía anuncia que arribamos a Sisimiut. Se divisa un pequeño puerto rodeado de montañas y con decenas de pequeñas casas de madera de vivos colores que salpican el paisaje de naturaleza desbordante. El turista que desembarca en su muelle puede dar un paseo por el pueblo, descubrir su pequeño museo, recorrer las contadas tiendas de souvenirs, tomar un refresco en los escasos cafés o realizar senderismo por las montañas cercanas. Una marcha dura, de varias horas, entre rocas, matojos e incluso algún riachuelo de agua transparente, pero que ofrece la recompensa de disfrutar de algunas de las mejores vistas del viaje.

 

La economía de este asentamiento costero y de la mayoría de los que nos encontraremos en el camino está basada en la pesca. A pesar de ser un pueblo pequeño la actividad en sus muelles es frenética y merece la pena visitar el mercado de pescado. Hasta allí llega recién descargado y todo el pueblo se acerca a abastecerse en el día. Obviamente, no puede faltar la carne de ballena, que diseccionan con destreza los pescaderos.

 

El barco no descansa. Sus paradas nos dan la oportunidad de descender para conocer pequeños asentamientos costeros plagados de coloridas casas de madera. Hemos llegado a Ilulissat con un pequeño puerto repleto de sencillas barcas de pescadores. A primera vista ya da la impresión de que este es uno de los pueblos más bulliciosos que encontraremos en el camino; así y nos lo confirman los veinte o treinta turistas con los que nos encontramos. De hecho, esta ciudad es la tercera ciudad más grande de Groenlandia con más de cinco mil habitantes.

 

Uno de nuestros objetivos es llegar hasta uno de los rincones más bellos de la zona. Una pasarela de madera de varios kilómetros nos acerca hasta una desembocadura con unas vistas impresionantes. Los fiordos se mezclan con el paisaje repleto de icebergs a la deriva provenientes del glaciar Jakobshavn, uno de los más productivos del hemisferio norte; un paisaje inimaginable que convierte cada foto en una postal. Todo este paraje está protegido desde 2004 por la Unesco. Paseando por el pueblo descubrimos algunos curiosos restaurantes e incluso una discoteca. Lo que no encontramos en ninguna de las pequeñas tiendas es algo típico groenlandés. Aquí tienen pocos productos propios y casi todo es importado. En las estanterías descubrimos numerosos productos españoles, sobre todo vinos de casi todas las denominaciones de origen.

 

Otra visita obligada es Qeqertarsuaq, uno de los rincones más sorprendentes del viaje. Los viajeros se desperdigan por una playa de arena oscura desde la que se distinguen numerosos icebergs flotando a la deriva, ofreciéndonos una numerosa paleta de colores entre el blanco y el azul celeste. Dejamos atrás la playa para dirigirnos caminando hacia la ladera de una montaña que nos tiene reservada una gran sorpresa: dos cascadas sorprendentes, alimentadas por los ríos cristalinos que bajan cargados de agua después del deshielo.

 

Al día siguiente visitamos Qullisat, una pequeña aldea situada en la isla llamada Disco, al lado opuesto de Qeqertarsuaq. Este es un asentamiento abandonado en 1974 donde en la actualidad solamente encontramos unas decenas de casas de madera que apenas se sostienen en pie. Nada más que tres vecinos viven aquí durante todo el año, aunque cuando llega el verano alguna de las casas que aún se mantienen conservadas son habitadas por sus propietarios. Debe impresionar amanecer cada mañana observando el desbordante paisaje de agua, fiordos nevados y montañas. Esta es la mejor cura para el estrés: navegar con una barquita junto a los acantilados, pasear por los valles, observar las puestas de sol…

 

Nuestro viaje va llegando a su destino final, pero antes visitamos Uummannaq, que nos ofrece uno de los paisajes más interesantes del viaje. El municipio se encuentra a pie de un pequeño puerto y protegido por una impresionante montaña. Las casas típicas groenlandesas están bordeando las faldas de la montaña y hay que subir un buen trecho para llegar a la última. Aquí nos sorprende encontrar una de las pocas iglesias de piedra que existen en el país. Uno no acierta a comprender por qué la mayoría de las construcciones en estos parajes se realizan a base de madera, llevamos varios días de viaje y aún no hemos encontrado ni un solo árbol.

 

Como en el resto de pueblecitos, la inmensa mayoría vive de la caza (cada vez más minoritaria) y sobre todo de la pesca. Curiosamente, aún no han encontrado en el turista una fuente importante de subsistencia y apenas hay tiendas de souvenirs ni actividades orientadas a las decenas de extranjeros que, cámara de fotos en mano, aborda las calles y plazas de la población.

 

Aquí al menos, en el patio trasero de una vivienda, un pescador ha colocado varias sillas y un par de láminas de fauna groenlandesa y junto a su compadre, que hace las veces de traductor, explica cómo ha evolucionado la pesca y la caza en la comarca.

 

Antes de marcharnos nos sentamos en un pequeño café del puerto con unas impresionantes vistas a los fiordos y al propio muelle, en el que se encuentran amarrados varios barquitos pesqueros. La vida del pueblo confluye en estas mesitas de madera situadas en el porche, donde se puede degustar una taza de café o incluso comer una “globalizada” hamburguesa.

 

Llega la hora de desembarcar en el lugar más septentrional al que llegaremos: la pequeña comunidad de Ukkusissat, donde seremos conscientes del verdadero valor de la vida en estos remotos lugares.
Los ladridos de centenares de huskies retumban en una de las paredes montañosas que protegen el pequeño pueblo costero. Aquí los trineos de nieve son imprescindibles si se quiere sobrevivir al duro invierno. Aunque también la modernidad ha llegado a este remoto paraje y los antiguos arrastres se van cambiando por las modernas motos de nieve.

 

La luz del sol nos ofrece un colorido arco iris en una de las cascadas de agua que resbalan por la ladera. Los habitantes de la localidad nos han regalado una actuación en la que han bailado y cantado para nosotros. Hay multitud de niños jugando en la calle que posan para los turistas ávidos de una buena fotografía.

 

Este asentamiento, que en los años treinta fue punto de partida para la expedición de Alfred Wegener, está situado en un paraje natural de singular belleza y es el destino final de un recorrido sorprendente que nos ha llevado por unos paisajes reservados para unos pocos privilegiados. En mi retina han quedado impresos icebergs, glaciares, fiordos... y en cada momento recordaré un viaje cargado de belleza.

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