Bella y singular
Beirut, callejeando por la milenaria Ave Fénix de Oriente

Con el drama de los refugiados y las heridas de la guerra aún abiertas, la capital libanesa plasma en su gastronomía su propia identidad, para resurgir como la fragante París de Oriente que nunca dejó de ser. Carlo Galimberti
La mitad de los cuatro millones de libaneses (sin contar a los refugiados) reside en Beirut, la capital, una ciudad devastada por las bombas durante la guerra civil que concluyó, tras quince años, en 1990. Las facciones de diferentes creencias religiosas estuvieron peleando durante cinco lustros por cada metro de terreno de la que los historiadores consideran una de las ciudades más antiguas de la Tierra. Quienes pudieron, huyeron, alimentando la nutrida diáspora libanesa a lo largo y ancho del mundo. Los llamamientos al cese del conflicto involucraron a potencias mundiales, incluidos antiguos colonos como Francia y Reino Unido. Hubo reuniones bilaterales, multilaterales, oficiales y secretas, pero mientras sonaban los Kalashnikov y los M16, Beirut terminó quedando ciega y afónica.
De las cenizas han surgido mil y un planes de reconstrucción con visiones e intenciones opuestas, divididos entre la voluntad de recuperar el patrimonio y la de olvidar el pasado. Han sido proyectos, para muchos, polémicos por la inevitable confusión entre capital privado y del Estado y por los desplazamientos a los que se han visto forzados los residentes. Pero han sido propuestas alabadas por la eficacia con la que, sobre todo el downtown, ha sido remozado, recuperando una arquitectura de aires parisinos perfectamente en sintonía con los imponentes lugares de culto. De esta manera, la capital se presenta como una cantera a cielo abierto y en constante movimiento, con faraónicas intervenciones en los barrios frente al mar y más modestas reformas de históricas fachadas. La famosa Corniche, un paseo marítimo que ha inspirado a escritores y poetas, está ahora repleta de modernas e integradas propuestas de ocio y restauración. Poco rastro queda de las guerras en esta zona. Aunque sí se han dejado expresamente testigos arquitectónicos, moles de cemento que pincelan con siniestros recuerdos el paisaje. Es el caso las ruinas del Hotel Georges, o algo más lejos, del antiguo Holiday Inn.
Cultos dispares
Abrazado geográficamente por Siria y volcado hacia el mar, Líbano es tierra de acogida desde tiempos pretéritos. En pocas ciudades conviven en un reducido espacio lugares de culto tan dispares como una mezquita y una iglesia maronita o un cementerio judío cercado por una archidiócesis griega. Más recientemente y de manera más brutal, Líbano ha acogido hasta 1.200.000 refugiados provenientes de Siria, empujados por la atroz guerra. Este desplazamiento ha supuesto un incremento de población de un 20%.
La herencia culinaria que van dejando estas nuevas y antiguas poblaciones es evidente en la plétora de restaurantes y cafés de la ciudad. Cada puesto callejero y cada negocio local son como una avanzadilla de la cultura, a veces milenaria. La comida es casi un repliegue en la propia identidad, además de ser una muestra de generosidad. Al caminar por las calles, el visitante pasea continuamente entre estas pequeñas embajadas informales que desprenden aromas de zumaque, de zaatar, de comino y de jengibre.
El panorama se hace aún más interesante para el viajero cuando bajo los pliegues de la tradición surgen propuestas innovadoras. Beirut está en plena pero silenciosa revolución culinaria, una transformación que sólo publicaciones punteras y generalmente locales relatan.
Tuvimos la suerte de conocer algunos restaurantes en los barrios de reciente recuperación, llenos de tiendas, locales, galerías de moda que han ido surgiendo, entre las grúas y el betún, como prueba de que la ciudad logra siempre canalizar hacia el comercio su inagotable energía vital. Los paseos por Ashrafieh, por la colina de Sursok con sus bellas vistas entre los cedros y las antiguas mansiones van recomponiendo la imagen caótica, ruidosa pero tremendamente seductora de la ciudad. Entre una montaña de escombros y un moderno y delicado edificio con jardines verticales, se abren camino locales que derrochan imaginación y talento. Adoptan nombres occidentales o, a veces, más guerrilleros, reivindican resonancias árabes. Tienen en común una exigencia por la cocina de calidad, la despojan de algunas tradiciones (como las infinitas cantidades de comida) y aplican con acierto un criterio estético más contemporáneo.
Para un europeo, los precios son sorprendentemente altos… Pero la experiencia es gratamente compensada por la amabilidad que se dispensa. El trato es una de las bazas que ofrece este país de múltiples matices y con tres idiomas en uso. Tanto en francés como en inglés y en árabe, los beirutíes se dirigen al viajero con la leve inclinación de la cabeza hacia un lado que tanto invita a la charla como al convite.
Agenda
Para comer bien
Building 125, Pharoan Str. Mar Mkhaiel
Este restaurante abrió hace un par de años en el corazón del barrio de Mar Mikhael. La decoración es diáfana con toques industriales (muro de ladrillo visto, metal, pizarras para los menús) pero además dispone de una cocina abierta (muy rara en Beirut) y una barra central donde se puede ver el chef griego-canadiense obrando. La carta es original, de temporada y muy detallada. Los platos de verduras incluyen la calabaza con yogur y zaatar, la burrata con tomillo (en vez de hojas de albahaca), espárragos sazonados con salsa japonesa kewpie y coronada por un huevo frito; del mar, el pulpo con tapenade de aceitunas, sumac y orégano.
12 Rue Naher, Armenia Street
Es la culminación de la iniciativa privada Souk el Tayeb, que promueve desde 2004 a los productores libaneses independientes. Todos los días cocineras y amas de casa llegan de fuera de la ciudad con sus recetas para preparar un delicioso y variado menú a modo de buffet. El ambiente es rural chic, algo bohemio, con mesas corridas, pero cubertería de calidad y platos de cerámica elaborados a mano. Tawlet dispone de una sección de productos a la venta, desde libros de cocina hasta cristalería realizada por talleres artesanales. En el menú no faltan las numerosas versiones de los platos típicos del Líbano preparados con amor y que atraen a urbanitas arregladísimas, con sus glamurosos accesorios de marca.
Rue Doumani
El restaurante se encuentra en el barrio de Ashrafieh en una de las mansiones felizmente rescatadas y acondicionadas con un gusto oriental contemporáneo, limpio, lujoso y acogedor a la vez. Materiales como el mármol, el oro y las velas (numerosas de noche) crean un ambiente casi mágico. Cocina libanesa a la que aportan un toque moderno con combinaciones refrescantes e inesperadas. Los mezzé o sucesión de platitos con diferentes contenidos que llegan al mismo tiempo, son una deliciosa introducción a la culinaria local. Los camareros, muy atentos, conocen su oficio y contribuyen a redondear la experiencia. Una institución, pero despojada de los aires algo rancios de los restaurantes con renombre.
Rue Víctor Hugo
Escondido en el corazón de Monot, Em Sherif recupera sabores auténticos del recetario oriental y los ofrece intervenidos por su dueña, Mireille Hayek. Probamos delicias que en otros lugares no vimos, como el diminuto hortelano bañado en sirope de granada. El local, que se encuentra en la zona renovada de Ashrafieh y rodeado de tiendas de lujo, acompaña las expectativas de su también acaudalada clientela. La decoración nos lleva a una mansión oriental antigua, repleta de espejos (incluso la tapa de la mesa) y un sinfín de camareros que ofrecen desde el principio encender, incluso en el interior, una shisha o narguile. Todo se acompaña con oferta de vinos libaneses y franceses, ambos con precios acordes con el lugar.
Dónde dormir
Al margen de los hoteles de las grandes cadenas, existen proyectos más intimistas que recogen mejor el espíritu de la ciudad.
137 Rue Abdel Wahab El Inglizi,
Perteneciente al selecto club Relais & Châteaux, el hotel Albergo es una antigua casona reformada que mantiene todo el encanto de tiempos pasados y transmite la sensación de una opulencia tranquila. Con cerca de 30 habitaciones y unas estupendas suites, está situado en la zona de Sodeco, recomendada para los paseos a pie. En cada habitación, profusión de piezas de mobiliario antiguo, que se conjugan perfectamente y contribuyen a crear un ambiente íntimo y estudiado. Además, desde la terraza en la azotea, se contempla la extensión de la ciudad y en los días claros, se divisa el azul casi añil del mar Mediterráneo.
Cómo llegar
No hay por ahora vuelos directos desde Madrid o Barcelona. La mejor combinación es recurrir a Alitalia, que vuela a Beirut pasando por Roma. Del mismo modo, Turkish o Pegasus vuelan a la capital libanesa tras escala en Estambul. Air France lo hace desde París. Precios, desde unos 280 € i/v.
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