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CATANDO, CATANDO… UNO, DOS…

Autor: Sir Camara
Viernes, 17 de marzo de 2017

La cata es comunicación en estado puro. Las percepciones sensoriales, honestas y sinceras, sin disfraces de léxico gastado, alcanzan los anhelados objetivos: compartir o prevenir a quienes valoran alimentos y bebidas.

Y parece que fue ayer cuando los chavales, sin saberlo, hacíamos corrillos al salir del cole para probar los novedosos, los primeros tetrabrics individuales de Trinaranjus, creo que eran… De la misma manera probamos los inquietos de papilas gustativas la primera ginebra holandesa que le regalaron al padre de un amiguete. Por  temor a que le echaran una bronca si bajaba la botella, echó un poquito en un frasco y nos lo fuimos pasando. Creo recordar las idioteces que decíamos:  

 

¡Jo, qué fuerte! ¡Qué rara es…! ¡Qué asco! ¡Qué peste…!

 

Sí, efectivamente, era imposible valorar aquella ginebra Bols tras haberla  pasado a un frasquito de colonia Maderas de Oriente de la madre del colega. Y sin aclararlo, claro. Ni con agua ni con explicaciones, que habría sido lo suyo…

 

Qué paladar. Qué voluntad, pero poco más. Recuerdo el sabor que te quedaba en la boca tras pegarte un atracón de pipas de girasol con una “Persi”, como dice Fernando Torres,  para acompañar el visionado de dos películas. Qué asco. Aún recuerdo aquello envuelto en el dulzor agobiante del refresco de moda y que jamás me gustó, pero era lo que molaba y empezaba a crear adictos al azúcar añadido.

 

Y seguimos catando de manera inconsciente hasta que, de pronto, un día de la manera más tonta, descubrimos las patatas fritas y las cortezas del futuro: menos cantidad, más caras y ni de coña tan ricas como las de la churrería. Esas primeras bolsas herméticas de patatas fritas, a las que de pronto las llamaban snacks, llegaron para quedarse. Y se quedaron con todos nosotros porque comer aquello era un síntoma de prestigio y modernidad, aunque esto, la modernidad, se quede viejo al acabar de pronunciarlo.

 

Otro amigo de la pandilla y yo pactamos seguir comprando las patatas fritas y las cortezas de la churrería para cuando nos encerrábamos en el sótano de la mercería de su madre, con la intención de pasar la tarde pintando y escuchando música sin necesidad de aguantar gritos de represión acústica.

 

Y así hasta que, de pronto, otro día de esos mágicos porque no se olvidan, descubrimos el güisqui español, el segoviano, el DYC, del que decían en casa que sabía a chinches, sin temor a que les llamaran guarros por comer esas cosas para tener referentes gustativos precisos. Yo creo  que en aquellos tiempos se hablaba por hablar; decían bobadas para no referirse a lo que realmente nos dolía cuando salía en la tele algo que pudiera compararse con la libertad.

 

Bien, pues hoy, en relativa libertad y con las facultades sensoriales entusiasmadas, mi vecina, que se dedica al mundo del ferial y que estuvo en el último Madrid-Fusión, ha sugerido un grupo de cata con los amiguetes para valorar unos productos sorianos nuevos en el mercado gourmet que amenazan con no defraudar.  Por si quieren aprovechar el tiempo, les paso la marca: Iantar gourmet. Búsquen los productos, hagan lo mismo que nosotros y dentro de unos días nos cruzamos opiniones aquí, en el blog de Sobremesa. Pues eso

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