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LAS HORDAS (y los gordos) DE LA OPERACIÓN BIKINI

Autor: Sir Camara
Jueves, 8 de junio de 2017

Es algo estacional que se acomete casi a nariz tapada y a última hora. En cuanto suben definitivamente las temperaturas, en cuanto se avisa que los sudores van a hacer su agosto a beneficio de helados y refrescos, una horda de gente con sobrepeso nos ponemos en modo “Operación bikini”. Sí, tíos también, que los hay con un busto…

De repente, ves como limpian los filtros por los que hasta ayer transitaban destilados, cervezotas, grasazas y demás cosas inconfesables que se nos fijan donde no deben. Al tiempo, y como si fuera un hallazgo científico, hay quién ha descubierto el pepino loncheado finito con un chorro de aceite y menta picada muy fina. Junto a este aventurero hay un ser sorprendido que acaba de descubrir la rúcula… Y aquella señora, que por sus dimensiones de boya señaliza la estampa veraniega, está firmando un contrato de temporada y por obra con unos filetes de pavo fresco para saltear en una sartén engrasada con unas pinceladas de oliva virgen extra para que sepa a algo.

 

Y así hasta que presencias en tiempo real cómo se deprime aquél tipo, el que hasta ayer no necesitaba mostrador para dejar la jarra de cerveza helada. El pobre se tiene que beber un botellín de agua cada diez pasos. Mientras esto ocurre, reniega en alta voz:

 

-¡¡No soporto las bebidas dulces. Todo lleva azúcares añadidos. ¡¡¡Todo!!! Hasta el cerdo de los montaditos parece diabético. ¿Me quieren decir qué bebemos?  El agua me gusta con güisqui, sola oxida las articulaciones, y es muy aburrido alternar con agua… Veeenga, vaaale… Acepto las infusiones por litros conservadas en botellas y muy frías en el frigo, servidas con hielo picado y unas hojas de las aromáticas que prefieras.

 

Y todo para ponernos en bañador ante los demás. Y todo, créanme, no es más que puro complejo. Ya puedes respirar; no, no metas la tripa… Respira.  Mira qué felices son los estadounidenses con su “bajo perfil” y con su perrito, más bien un pedazo de mastín, en la mano, chorreando salsas y demás diabluras… riquísimas, por cierto.

 

Olvidamos que, además, el paso del tiempo nos altera el físico. Y el químico. Ni haciendo ejercicio, ni haciendo dieta. Incluso la más canalla, la que le han puesto a un amiguete que estaba a puntito de quedarse sin aristas: totalmente esférico, oye. Pues viene a casa, le preguntas qué quiere tomar y te dice que vodka frío, helado a ser posible, y un metro cúbico de jamón,  sin pan y sin regañás, claro. Le dicen que se va a destrozar el hígado… Y la cartera, como siga acudiendo a estos dietistas.

 

Cómo me acuerdo de una conversación que mantuve con el profesor Grande Covián, por casualidad, mediada la década de los setenta del siglo anterior. Era un acto público de esos que ya no hay, entrega de premios o presentación de un libro, no recuerdo bien, en los que circulaban los canapés calientes y fríos con una alegría y abundancia increíble. El profesor comentó entre risas cómo comía un tipo que teníamos cerca. Los alimentos no entraban en su boca, era como si estuviera cebando un trabuco…  “No sabemos comer”, dijo. Y sentenció algo que luego he visto ha decantado  en los prontuarios de la dietética y la nutrición civilizada:

 

“Lo único que no engorda es lo que queda en el plato” (Francisco Grande Covián)

 

Y dicho esto, voy a ver si encuentro un traje de baño, amplio, de línea evasé, que decían mis tías y mi abuela;  así, como con vuelo, acampanado… Si se trata de que se rían que sea con motivos. Y, sobre todo, sin complejos. Luego, lentamente, tenemos todo el año para comer civilizadamente, que ya vamos teniendo una edad para ello y se trata, más que de estar monos, de sentirnos bien y estar sanos.  Y podremos poner en escena el toque cítrico, oye.

 

Pues eso

 

 

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