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Irreversible

Los ignorantes

Autor: Santiago Rivas. Imagen: Archivo
Miércoles, 22 de mayo de 2019

Hoy vengo a Sobremesa a hacer una review de una novela gráfica de 2012. Rabiosa actualidad sobremesers. Rabiosa actualidad.

Para quien no lo sepa ya con las pistas que acabo de adelantar, me refiero a la obra de Étienne Davodeau Los Ignorantes. Muy famosa en círculos real winelover pero desconocida para el resto. Esta obra mezcla dos disciplinas que menos no le pueden importar a un español: comic europeo (francés en este caso) y vino.

 

Ahora os estaréis preguntando ¿Y por qué ahora a este hombre le da por hablar de este libro?

 

Primero, porque de algo tengo que escribir para que me paguen; y después, porque en una de mis últimas interacciones en un forum vínico, con asistentes, se supone, iniciados, resulta que nadie lo conocía. Aviso: gente, ser winelover exige también leer un poquito, que, además esto tiene dibujitos.

 

Es muy entretenido y se lee en una tarde, tres horas como mucho. Su argumento va de que el autor, el dibujante Étienne Davodeau, contacta con el que (se da a entender) ya era su amigo, y #cultwinemaker, Richard Leroy, para pasar un año juntos en su bodega del Loira, en un ejercicio de intercambio didáctico de las materias que dominan. Por lo tanto, después de este periodo, el dibujante saldrá winelover y el elaborador aprenderá a apreciar el arte del comic, eso sí, europeo (que del americano o japonés no se hace mención alguna).

 

Los Ignorantes tiene muchas cosas buenas, sobre todo su ritmo, que es muy ágil; además, la gente que aparece es simpática, todo el mundo se lleva estupendamente y es muy sencilla de entender, aunque esto último también es el origen de sus flaquezas: el relato resulta algo plano y superficial.

 

Y es que profundiza poco en las relaciones de los personajes, ya que no sabemos por qué los protagonistas son amigos, o, por ejemplo, si Leroy está casado, un dato del que te enteras en la parte de agradecimientos, ya que la señora no aparece en ningún momento de la narración, lo cual es inconcebible si compartes tu vida con alguien todo un año. Igual es porque este dato no aporta nada a la historia (aunque no se me ocurre cómo puede ser eso) o porque le daba pereza dibujarla, pero esto hace, y es algo que sobrevuela toda la obra, que quede un poco vacía. Resulta incoherente un trato entre protagonistas tan cercano y un retrato psicológico de ambos tan gélido. Es todo muy aséptico en algo que quiere reflejar naturalidad.

 

Otro aspecto que no ayuda en esta falta de profundidad es que quiera ser tan Feel Good Comic Book, -recordemos que estamos ante una obra documental, por lo menos así se vende-, y que este productor tan suyo, tan auténtico, tan viñador, tan ajeno a todo lo que no sea su vino, tenga tan mesurada opinión sobre cada tema que se le plantea… chirría.

 

El viticultor español, o al menos, la mayoría de los viticultores que conocemos, no se cortan ni con el cristal. Por ejemplo, (¡alerta, spoiler!), hay un capítulo destinado al desconsiderado método de visita y cata de un crítico de The Wine Advocate que, encima, le acaba poniendo puntuaciones lamentables y hasta se medio celebran. Ahí, mal. Lo que soltaría este hombre por la boca…, conociendo, insisto, lo que ocurre en España con esto de las puntuaciones, es difícil de imaginar.

 

Dicho esto, y haciendo balance general, la recomiendo. La pena es que podría haber estado mucho mejor siendo más valientes o más satíricos.

 

Si yo supiera dibujar, cogería a un viñador de estos de mentira, de esos que le echa de todo pero se vende como "casi" natural. Un trepa, uno de esos que ante una buena fiesta o viaje de postureo pasa de lo rural pero saca el burro para la foto; de esos el que en las ferias de vino le tira los trastos a todo lo que se menea y, mientras tanto, me pongo unos gramos en el baño; de esos que se lleva mal con todos los demás vecinos de su región, o hasta esos otros, que son verdaderos delincuentes. Esos son los que me interesan para una obra así.

 

Mi capítulo estrella sería en un sarao en los que coincidan muchos que se llevan mal, porque solo eso daría ya para una tetralogía. Y es que esas fiestas en las que se juntan odios yugoslavos y barra libre de alcohol son las mejores. Esa, justo esa, es la historia que, de poder ser dibujada, adelantaría a la infantil “Los Ignorantes”.

 

Sería una obra maestra.

 

 

 

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